Era la muchacha del pelo de rayos de sol y la piel canela. Era la joven de nariz respingona y sonrisa traviesa. Era quién ocupaba su mente y sus días. Era la que había traído el verano, enredado en su cabello. Era su compañera de carreras en bici.
Llegaban a la playa, tiraban el vehículo a un lado y el primero en llegar corriendo a la orilla y humedecerse los pies, ganaba.
Día tras día, semana tras semana. ¡Cuánto llevarían juntos! ¿Quizá una vida entera?
Un día paseaba solo, disfrutando de un delicioso helado, y la vio.
La más ruin traición, el mayor dolor.
La dama de la mirada salada estaba ahí, acompañada de un chico. ¿Qué digo de un chico? ¡De un monstruo, de un ladrón de veranos! Estaban cerca, muy próximos, reían y sus labios de cuando en cuando se rozaban.
¿Quién lo diría?
Los turistas se marchaban, la bella amiga preparaba su salida.
Y la playa se quedó vacía.
Y el verano se alejó en su melena.

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