Estabas tan guapo que me costaba mirarte. Te lo prometo, no sabía cómo reaccionar. Huí de ti disimuladamente, llevábamos tanto tiempo separados... Yo, empeorada. Tú mejor aún, si cabe tal cosa. No podías verme, no debías hacerlo en tales condiciones de desventaja para mí. Pero no podía evitarlo, pasaríamos quizá una hora en la misma habitación. Tú, sentado dos lugares por detrás de mí.
Me levanté la primera, tenía que salir. Quería respirar el aire que tu presencia me privaba y ordenar mi cabeza. Me senté en el banco, en la puerta de salida... o de entrada, depende de la perspectiva. Bueno, eso son nimiedades para las que no estaba mi mente. Sonaba como un teléfono descolgado: "tú tú tú tú tú...".
No sé por qué, decidí verte. Necesitaba hacerlo de nuevo, no solo por el rabillo del ojo. Tantas semanas sin nuestra mutua compañía... ¿Serían ya 3? Estabas digno del mayor poema que todavía no sé escribir. Esperé. Aunque tuviese que esconderme para que no me pillases, tenía que conseguir mirarte, absorber cada detalle de tu figura, encerrarte en mi memoria.
Y qué guapo estabas. Sí, ya sé que me repito. Y sí, también sé que la belleza no lo es todo. Pero justo por eso, como si no fueses ya todo lo que quiero, tu atractivo te hace insuperable.
Seguí esperando. La gente salía, pero tú seguías allí, pensando. Me metí en un grupo, estaban hablando. Ponía un ojo en el interlocutor y otro en la hora. No sé cómo lo hacía, seguro que una mueca y una cara bizca delatarían mis movimientos.
Y entonces saliste, o entraste, iluminando el lugar, dejando una estela de luz a tu paso como solo había visto en las películas. Y viniste, allí, al grupo donde yo estaba. No iba a necesitar inventar cualquier ardid para unirme al otro, y podía dejar de desfigurar mi cara, olvidando el reloj.
Te miré, ¡y tanto que te miré! Más bien te observé. Desmenucé cada detalle de tu rostro, esperando poder recordarlos más tarde. Y entonces, un demonio me arrancó de mi ensoñación, diciendo que debía ir no-sé-dónde. ¿Por qué querían librarme de tan grata visión?
Por lástima, me alejé, obedeciendo al maldito diablo. Y entonces, cuando ya había perdido la esperanza, él me llevó a ti. Te habló, mientras yo esperaba a su lado. Y me miraste. Nos sostuvimos las miradas mientras le decías unas palabras que no logro recordar, que no escuché, perdiéndome en el esmeralda de tus ojos.

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