Salió de su cuarto, no había nadie en casa. Su padre no había vuelto del trabajo, la estúpida de su hermana se encontraría con las superficiales de sus amigas, como todos los putos días, y su madre probablemente estaría tirándose al vecino. Esa maldita furcia no sabía hacer otra cosa, ¡que aprendiese a tener las piernas cerradas! Cogió un cuchillo de la cocina, debía hacerle pagar a alguien las risas. Dejó la casa sin apagar las luces, sin siquiera cerrar la puerta. ¿Por qué iba a importarle? Ya se gastaba el dinero la zorra de su madre, un ladrón haría mejor uso, y no se acostaría con basura.
Caminó con seguridad, a pesar de que el suelo siguiese moviéndose, aproximándose y alejándose. No sentía frío alguno, excepto en su mente, donde sus pensamientos fluían con extremada perfección. Aferró con fuerza el cuchillo, y escrutó en la oscuridad en busca de una presa. Le daba igual que le viesen, todo le era indiferente.
Le gustaba la noche. La oscuridad, el frescor y la trémula luz de la luna. No se exasperaba de que no apareciese nadie, pues se sentía magníficamente, en su punto álgido, y sabía que el momento llegaría y nadie lo podría evitar.
Oyó unos pasos y aguzó el oído, identificando su procedencia y aproximándose. La fuente del sonido era una joven muchacha cargada con la compra. Lucía su cabello rubio en dos trenzas e iba abrigada con una chaqueta. No se fijó en su cara cansada, que parecía expresar que estaba ahí contra su voluntad, ni en sus manos enrojecidas por el peso de las bolsas; en nada que la hiciese humana. Se acercó sin ocultarse, con seguridad. La chica no se percató de su presencia hasta que solo los separaban unos pocos pasos. Ella alzó la vista sin inmutarse, hasta que vio el refulgir del cuchillo. Entonces él lo levantó, clavándoselo en el pecho con fuerza, retirándolo con un gran esfuerzo y repitiéndolo dos veces más. Ella no murmuró ni una palabra de súplica, solo soltó unos alaridos de dolor. Únicamente sus ojos azules parecían pedir clemencia. Su cuerpo cayó al suelo, débil, la comida a su lado. Un poco de sangre se deslizaba por su costado, mezclándose con las cáscaras de huevo. Entonces observó su cara. Incluso muerta, era guapa. Solo una ligera mueca de dolor alteraba sus perfectas facciones.
Le gustaba la noche. La oscuridad, el frescor y la trémula luz de la luna. No se exasperaba de que no apareciese nadie, pues se sentía magníficamente, en su punto álgido, y sabía que el momento llegaría y nadie lo podría evitar.
Oyó unos pasos y aguzó el oído, identificando su procedencia y aproximándose. La fuente del sonido era una joven muchacha cargada con la compra. Lucía su cabello rubio en dos trenzas e iba abrigada con una chaqueta. No se fijó en su cara cansada, que parecía expresar que estaba ahí contra su voluntad, ni en sus manos enrojecidas por el peso de las bolsas; en nada que la hiciese humana. Se acercó sin ocultarse, con seguridad. La chica no se percató de su presencia hasta que solo los separaban unos pocos pasos. Ella alzó la vista sin inmutarse, hasta que vio el refulgir del cuchillo. Entonces él lo levantó, clavándoselo en el pecho con fuerza, retirándolo con un gran esfuerzo y repitiéndolo dos veces más. Ella no murmuró ni una palabra de súplica, solo soltó unos alaridos de dolor. Únicamente sus ojos azules parecían pedir clemencia. Su cuerpo cayó al suelo, débil, la comida a su lado. Un poco de sangre se deslizaba por su costado, mezclándose con las cáscaras de huevo. Entonces observó su cara. Incluso muerta, era guapa. Solo una ligera mueca de dolor alteraba sus perfectas facciones.

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