Cuando estás enamorado, lo notas.
A mí el amor se me atasca en la garganta, como un estúpido y molesto insecto perdido, que termina por cualquier agujero, incordiante. Los ojos se me humedecen y se me llenan de lágrimas que a veces caen deslizantes por mis mejillas, como cualquier otra reacción alérgica.
Odio, ¡y digo odio!, odio el amor.
Te hace releer mensajes, ¡ni que fueses a aprender algo nuevo si solo recuerdas cosas que ya sabes! Y te nubla la mente, como si ya no fuese bastante despistada por mí sola... Una vez casi me choco con una farola en medio de la calle, si por aquella hubiese estado enamorada me chocaba seguro. Mamá dice que tengo que ir con los ojos más abiertos, cómo si por ser más grandes o menos pudiese fijarme en las cosas de distinta manera. Se lo conté a papá y me explicó que esa frase es una de esas que vienen hechas, como el pollo precocinado o las pizzas que trae el hombre de la moto, que tanto me cuestan entender.
El doctor dice que soy una niña especial, que mi cerebro es diferente. Ya ves tú qué gracia... Bueno, verlo no lo ves, pero lo imaginas, ¿verdad?
A veces me pregunto si mi coco se enamora de otra manera, por eso de ser diferente a los demás. No lo sé, pero me gusta cuando él está feliz. ¿A vosotros os gusta que la persona a la que amáis se ría?
Adoro cuando me coge de la mano, me encanta el tacto de tu piel, es muy suave. Y siempre hace que me ponga roja.
¡¿Véis?! Lo que os estaba explicando, ¡detesto el amor, lo aborrezco!

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