Es irracional y estúpido este odio por mí misma. A veces me avergüenzo, el resto no me soporto. ¿Por qué siento ésto? ¿Por qué me da un vuelco el corazón a cada palabra, esperando escuchar mi nombre o encontrarlo entre líneas? ¿Por qué esta necesidad de importar, de ser alguien? Es un hambre insaciable, unas ganas de abarcar todo y a todos.
Y es que no me gusta ser el centro de atención, pero odio ser un cero a la izquierda. Odio saber que podría desaparecer y que a nadie le importase.
Si tuviese un don, un retazo de inspiración, una musa artística... podría quedar ahí, donde pocos llegan, y no necesitar de nadie que se fije en mí. O, quizá, más bien de todos.
Antes, anhelaba ser alguien, deseaba ser reconocida en el mundo entero, ser estudiada en los libros de historia. Ahora, apenas quedan las ruinas de los sueños que construía como murallas inexorables (o no tanto, si el tiempo les ha hecho caer)
¿El tiempo? ¿Es el tiempo ese arma poderosa qué todos ansían? Quizá no, quizá es la tristeza. Esa que se cuela entre las grietas del corazón, como el agua que al congelarse lo destroza en pequeños pedazos. Y es que un corazón es más débil que una roca.
Quizá deberían dejar de inventar problemas inexistentes y centrarse en el virus que causa esta epidemia de torturas y muertes: la agonía del infeliz. Aquella del que desea ser más, del que no sonríe, del que necesita mucho más que techo y alimento.
Porque ser humano es más que tener un cuerpo al que cuidar. Porque el sufrimiento es peor que el dolor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario