Me meto un puñado en la boca mientras recuerdo la tuya. Ésa de labios rojos como la manzana que mordió Blancanieves, pero más tentativos y más envenenados, mortíferos como un lunes por la mañana. Escucho tu banda sonora, esa lista infinita de canciones, mientras lloro por dentro. Soy duro, no voy a permitir que nadie de la sala vea mis lágrimas, aunque estoy solo. ¿Te he dicho que las apunté todas? O eso creo, y temo no haberlo hecho. Lo siento, pero tuve que hacerlo. Solo me hacían mal, no podía aguantarlos ahí más: tuve que borrar tus miles de mensajes, desde nuestra más temprana conversación. Más o menos desde el primer "te quiero". Los leía una y otra vez, así que para evitarlo tocaba borrar la huella del crimen. Tampoco es que me haya servido de mucho; me los sé casi de memoria. Y digo casi, porque no es lo mismo "ayer se oscureció el cielo" que "el cielo se oscureció ayer". Y duele, duele haberme desecho de tus recuerdos, quitar el único vestigio de nuestro cuento.
Y es que me ha tocado a mí recordar por los dos, y a ti olvidar por ambos.

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