Él, que siempre le abría su cajón "secreto" de caramelos y golosinas con una gran sonrisa.
Ella, que siempre cogía los de chocolate.
chocolamina's Last.fm Journal
domingo, 8 de diciembre de 2013
viernes, 6 de diciembre de 2013
Diego y Elena III: Hi again
Le miraba al otro lado de la mesa, detrás del humo del té recién hecho. Siempre que quedaban, ella tomaba té con limón y un poquito de sacarina, lo que parecía una metáfora de lo que era: dulzura y acidez.
Hizo girar un par de veces la cucharilla en su tacita, mirándola. A él le gustaba el café con mucho azúcar. No tenía tiempo para perderlo en dietas estúpidas que, por otro lado, no necesitaba cumplir. La leche, entera. El café, azucarado, dulce.
Ella también bajó la mirada, como ya había hecho tantas otras veces. Podrían quedar a diario, que seguiría haciéndolo. Probablemente, eso le ayudaba a no sonrojarse y a ocultar que se sentía culpable. Culpable de no poder olvidarle. Se mordió el labio inferior, reprimiendo las ganas de preguntarle con cuántas había estado desde la última vez que se habían visto. Siempre era igual, llevasen meses o semanas separados. Muchas mujeres pasaban por su cama, pero ninguna conseguía esas citas periódicas junto al calor de una tacita.
Él la miraba mientras ella desviaba la mirada. La forma en que bajaba las pestañas, inflaba los cachetes, arrugaba el entrecejo o se mordía los labios solo le provocaba el impulso de besarla. Besarla una y otra vez. Pero no como a las demás, sino lento. Se dio cuenta de cómo alzaba los ojos con esa mirada llena de dudas. Habían quedado incontables veces con el paso de los años, pero ella siempre le vería a través de esa cortina de inseguridad e imaginando como tocaba a muchas otras.
"A pesar de todo, no puedo reprocharle nada" repitió Elena la cantinela para sí misma. Simplemente, esbozó una sonrisa de esas que solo le regalaba a él. Diego no tenía la culpa de que ella acudiese allí siempre que se ponían en contacto, de que no faltase ni una sola vez y todas terminasen del mismo modo. Él no la obligaba, ni la arrastraba entre palabras seductoras y simples frases de cortejo. Solo era una hora, en el lugar de siempre, y acudía con toda puntualidad y la promesa de una buena conversación y un momento inolvidable. Por un instante, olvidaba a su marido y a su retoño y se arreglaba solo para Diego.
"Quizá si dejase al estúpido de su marido, que ni siquiera la merece..." Diego negó con la cabeza ligeramente, de modo que no afectase a la conversación pero le ayudase a alejar esos insidiosos pensamientos de su mente. Elena le veía como él a todas las chicas que pasaban por su casa excepto justo ella. Pero no, no podía ser. Él la quería. Él hubiese dejado muchas cosas por ella, incluso sería capaz de reducir su ingesta de azúcar.
Elena se levantó para ir al baño. Siempre, pasadas entre una y dos horas de amena cháchara, ella interrumpía y marcaba el final de la primera parte de la velada. Al volver, probablemente él habría pagado la cuenta. A veces conseguía convencerle de que le dejase hacerlo a ella, pero no solía lograrlo. Entonces uno de los dos, probablemente Diego, propondría hacer algo: dar un paseo, ir a la biblioteca, pasar por una tienda, acercarse a la playa... No importaba el trayecto, pues el destino siempre era el mismo.
Diego sujetó la puerta y salió detrás de ella. Llegados a este punto, siempre le ofrecía su chaqueta. Aunque hiciese un calor abrasador, aunque él mismo sintiese que iba a morir convertido en una imagen de hielo del mismísimo Romeo. Así hizo, y ella declinó la oferta. Tenía la tentación de coger sus manos y frotarlas, calmarlas. Sabía que las tenía frías, ¡siempre las tenía frías, incluso durante las estaciones cálidas! Pero debía esperar, tanta familiaridad llegaba solo en el momento indicado.
Hizo girar un par de veces la cucharilla en su tacita, mirándola. A él le gustaba el café con mucho azúcar. No tenía tiempo para perderlo en dietas estúpidas que, por otro lado, no necesitaba cumplir. La leche, entera. El café, azucarado, dulce.
Ella también bajó la mirada, como ya había hecho tantas otras veces. Podrían quedar a diario, que seguiría haciéndolo. Probablemente, eso le ayudaba a no sonrojarse y a ocultar que se sentía culpable. Culpable de no poder olvidarle. Se mordió el labio inferior, reprimiendo las ganas de preguntarle con cuántas había estado desde la última vez que se habían visto. Siempre era igual, llevasen meses o semanas separados. Muchas mujeres pasaban por su cama, pero ninguna conseguía esas citas periódicas junto al calor de una tacita.
Él la miraba mientras ella desviaba la mirada. La forma en que bajaba las pestañas, inflaba los cachetes, arrugaba el entrecejo o se mordía los labios solo le provocaba el impulso de besarla. Besarla una y otra vez. Pero no como a las demás, sino lento. Se dio cuenta de cómo alzaba los ojos con esa mirada llena de dudas. Habían quedado incontables veces con el paso de los años, pero ella siempre le vería a través de esa cortina de inseguridad e imaginando como tocaba a muchas otras.
"A pesar de todo, no puedo reprocharle nada" repitió Elena la cantinela para sí misma. Simplemente, esbozó una sonrisa de esas que solo le regalaba a él. Diego no tenía la culpa de que ella acudiese allí siempre que se ponían en contacto, de que no faltase ni una sola vez y todas terminasen del mismo modo. Él no la obligaba, ni la arrastraba entre palabras seductoras y simples frases de cortejo. Solo era una hora, en el lugar de siempre, y acudía con toda puntualidad y la promesa de una buena conversación y un momento inolvidable. Por un instante, olvidaba a su marido y a su retoño y se arreglaba solo para Diego.
"Quizá si dejase al estúpido de su marido, que ni siquiera la merece..." Diego negó con la cabeza ligeramente, de modo que no afectase a la conversación pero le ayudase a alejar esos insidiosos pensamientos de su mente. Elena le veía como él a todas las chicas que pasaban por su casa excepto justo ella. Pero no, no podía ser. Él la quería. Él hubiese dejado muchas cosas por ella, incluso sería capaz de reducir su ingesta de azúcar.
Elena se levantó para ir al baño. Siempre, pasadas entre una y dos horas de amena cháchara, ella interrumpía y marcaba el final de la primera parte de la velada. Al volver, probablemente él habría pagado la cuenta. A veces conseguía convencerle de que le dejase hacerlo a ella, pero no solía lograrlo. Entonces uno de los dos, probablemente Diego, propondría hacer algo: dar un paseo, ir a la biblioteca, pasar por una tienda, acercarse a la playa... No importaba el trayecto, pues el destino siempre era el mismo.
Diego sujetó la puerta y salió detrás de ella. Llegados a este punto, siempre le ofrecía su chaqueta. Aunque hiciese un calor abrasador, aunque él mismo sintiese que iba a morir convertido en una imagen de hielo del mismísimo Romeo. Así hizo, y ella declinó la oferta. Tenía la tentación de coger sus manos y frotarlas, calmarlas. Sabía que las tenía frías, ¡siempre las tenía frías, incluso durante las estaciones cálidas! Pero debía esperar, tanta familiaridad llegaba solo en el momento indicado.
domingo, 1 de diciembre de 2013
Qué cosas...
A veces solo deseo aporrear el teclado del ordenador, como en este instante. Siento que es la única manera de expresar mis sentimientos. Un "hosdgddsss" y todo solucionado. Un "hosdgddsss" que esconde un "te quiero", "a veces te sigo echando de menos", "a veces miro el móvil esperando un mensaje tuyo".
Muy a menudo, me pierdo entre tus recuerdos. Como si de una inmensa librería se tratase, cada detalle reposa en su lugar de la estantería, todos ordenados. Camino entre ellos, cojo uno, lo dejo a mitad y elijo otro, y así continúo recorriendo el pasado.
Me gusta pensar que tú también me echas de menos, aunque sé que no es así.
No me faltes nunca, aunque ya lo estés haciendo. No se puede querer de ese modo dos veces. Tengo miedo de no poder reemplazarte por no encontrar a nadie a tu altura. Las comparaciones son odiosas, pero no puedo evitarlo. Y tú superas a cualquier ser humano.
Aunque ya no te quiera, te sigo queriendo.
¡Qué cosas, el mundo está loco!
Muy a menudo, me pierdo entre tus recuerdos. Como si de una inmensa librería se tratase, cada detalle reposa en su lugar de la estantería, todos ordenados. Camino entre ellos, cojo uno, lo dejo a mitad y elijo otro, y así continúo recorriendo el pasado.
Me gusta pensar que tú también me echas de menos, aunque sé que no es así.
No me faltes nunca, aunque ya lo estés haciendo. No se puede querer de ese modo dos veces. Tengo miedo de no poder reemplazarte por no encontrar a nadie a tu altura. Las comparaciones son odiosas, pero no puedo evitarlo. Y tú superas a cualquier ser humano.
Aunque ya no te quiera, te sigo queriendo.
¡Qué cosas, el mundo está loco!
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