Sus manos no se detenían, insaciables.
No quería detenerse en cada detalle de su cuerpo y memorizarlo, no
le interesaba en absoluto. Pensaba que podría tenerla en cualquier
otro momento. Movimientos vacíos, sus caderas contra las de ella. El
brillo de su mirada no le interesaba, su respiración entrecortada
no llamaba su atención. Solo era un fuego que le incendiaba, que
podía colmarle de placeres y caprichos, como cualquier otro. Pero
ella no era cualquier otro. Podía recorrer el hueco de su cuello,
plagarlo de mil besos y caricias, detenerse hasta hacerla enloquecer,
como jugar con un volcán en plena erupción. No temía qué pudiese
desencadenar, pues carecía de importancia para él. Seguramente ella
mañana llenase su móvil de mensajes, esperanzada. Seguramente él
la ignorase hasta que destrozase toda la ilusión sembrada en un
rellano a oscuras.
Pero llegó la noche, y tras ella la
mañana. Y las horas, imparables, dieron lugar a la tarde, y de nuevo
otro atardecer. Y su teléfono seguía vacío del auxilio de la
joven. Y él, que se creyó poderoso, se vio perecer en el recuerdo
de una mirada de avellana, sabía en el juego, más dura que el
hielo, más dura que él. Y se vio a sí mismo padecer ante el anhelo
de sus labios blandos y suaves, de su risa al engañarle en su propio
terreno. Y él se hundía en la desesperación por haberse dejado
embaucar, deseando que fuese ella la que sentía lo que él sufría,
iluso.
