Podría hablar de una mujer de cara blanca, moteada por diminutas pecas, de pelo como una cascada y sonrisa brillante, de nariz redondita y piernas largas, eternas, con un cuerpo de curvas sin fin... o de curvas que terminan en el infarto.
Pero no, no, no, no. ¿Por qué? Porque no sería nada.
Es más difícil explicar cómo tu pelo corto solo se movía en las tardes de mucho viento, mientras tus pestañas los hacían continuamente, a cada vistazo de tu inquieta curiosidad. De tus pupilas brillantes como luceros, no, no, no, ¡como luciérnagas! Como dos preciosas luciérnagas en medio de la oscuridad, vibrantes, en busca de cualquier cosa interesante. O de cómo los cerrabas a cámara lenta, mientras las comisuras de tus labios se arqueaban en una sonrisa, cuando soltabas alguna de tus -continuas- bromas, detrás de la humeante taza de café, que solo soltabas para continuar engullendo el cruasán, desmenuzándolo despacio con las yemas de los dedos.
Porque todo lo hacías despacio, no se te fuese a ir la vida sin haberla saboreado, sin haberla hecho pedacitos.

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