A nadie le gustan las despedidas y su sensación de desolación. Diego y Elena se besaron otra vez, diciéndose de este modo las palabras que no conseguían salir de sus labios.
-Te quiero, no te quiero perder. Estaremos bien, ¿verdad? No más discusiones, no más celos... -soltó Diego, sabiendo que si no sacaba el tema se arrepentiría posteriormente.
-Yo también te quiero. Estaremos bien-. afirmó ella.
Elena no era capaz de asimilar que ya había terminado su tiempo juntos. Él se iba a un largo viaje al extranjero y no podrían verse durante un mucho tiempo. Se abrazaron un largo rato, que Elena impregnó de miedo. Miedo a perderle. Sabía que era su última vez, estaba segura de que no durarían mucho en esa situación. Él encontraría a alguien a su altura o, al menos, alguien mejor que ella.
Diego era increíble, de esos muchachos que no se conocen dos. Ella lloraba torrentes por dentro, incapaz de mostrar sus emociones pero con ese gran temor latiendo acompañando al corazón.
A nadie le gustan las despedidas. Esas despedidas que dejan el sabor salado de las lágrimas, el ácido del temor y el amargo de la pérdida.

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