Hola, papá. ¿Qué tal estás? ¿Bien? Ya lo veo. Cada vez que voy a tu casa me siento una princesa, rodeada de lujos y manjares, además de sentir que ya no tenemos la misma conexión, al igual que los reyes y sus hijos.
Soy princesa por un día, más bien una semana. Agasajada ante el despilfarro y las buenas marcas, hasta que vuelvo a mi hogar. No, no es que Canarias sea más pobre. Quizá es porque tienes establecidas tus prioridades. ¿El dinero? Para ti. Para ti y tu cortesana. Tus hijos y su madre a apretarse el cinturón, a hacerse un nuevo agujero a la fuerza.
No, no dudo que nos quieras. Yo sé que lo haces, que nos echas de menos, que a veces desearías que todo fuese distinto. Sé que preferirías que viviésemos contigo, pero que aceptas las cosas como están. Pero también sé que no te das cuenta de la realidad. Que no ves lo que nosotros sentimos. Que no eres capaz de contabilizar todo. Y lo entiendo, pero me cuesta conformarme. En especial cuando escucho a mi madre despotricar y comparto su opinión. Mas he aprendido a callarme, a cerrar la boca ante todo, a no sentir o fingir no hacerlo, a obligarme a no llorar y confundir el dolor con hambre.
Te echo de menos. Con echarte de menos no me refiero a verte más a menudo. Te echo de menos. De verdad de la buena. Añoro cómo estábamos antes. Saber que me apoyabas, que confiabas en mí. Que a pesar de ser una mesa sin patas te tenía a ti de tocón, y eso me bastaba.
Ahora, todo son gritos, desconfianza, riñas y disputas. Sermón tras sermón, rechazo tras rechazo. ¿Dónde estás, papá? ¿A dónde te has ido?

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