¡No entiendo por qué la comida está más rica en la mente y las fotos! Quiero decir, es injusto que al probarla no me transporte a ese mundo de sabores que recordaba de cuando amaba la comida. Ese mundo que todos parecen conocer muy bien y visitar a menudo pero del que yo tengo vetado el acceso y solo puedo limitarme a recordarlo.
Sin ir más lejos, ayer me preparé un preciooooooooooooooooooso plato de pasta. Siempre he amado la pasta, aunque fuese sin salsa o con ketchup. Bueno, pues no me gustó nada, se me hizo eterno. No podía dejar de pensar en el brócoli y la delicia que es.
Terminé dejándome la mitad y, por supuesto, yendo al baño a vomitar. No solo yendo, haciéndolo. Mira que ha habido veces que he estado a punto, me he sentado frente a la taza y he inspirado hondo, cerrándola y obligándome a ser responsable de lo que ingiero. Mis alimentos, mis calorías, mi gordura.
Pero ¡ay, esta vez! Creía que ya era capaz de tomar tal cantidad de calorías mas he terminado como siempre. Como la estúpida irresponsable que se comporta igual que las enfermas, pero sin serlo. Aunque no me gustase la comida ni lo que engorda, debía ser consecuente.
¿Moraleja? ¡No comas pasta!

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